lunes, 16 de agosto de 2010

He traspasado la frontera.
Llevo poco más que una muda en mi maleta.
Nos llamaron sin avisar, sin tiempo para pensar si queríamos o no marchar.
Tuvimos que actuar casi sin pensar.
¿Cuánto dejamos atrás?
Pensamos que sería un breve periodo.
Acabó atrapándome la muerte.

Traté de tomarme aquello como unas vacaciones, forzadas, pero vacaciones. A los diez minutos de llegar ya me resultó imposible. Nos separaron, a los tres, cada uno por un lado. A mi mujer no he vuelto a verla. A mi hija... sé que sigue viva, ahora está con una familia que la adoptó después de que nos dieran por fusilados, como a tantos otros.

Mis días se acaban.
Han pasado más de cuarenta años, pero esos días siguen haciendo mella en mi.
Fueron mi destino.
Una bandera ha estado detrás de mi siempre.
Nunca la he abandonado.
Fue por ella.
Todo por tres colores que, sin embargo, aún defendería.

Mi exilio ha durado, exactamente, cincuenta y un años. Ahora vivo en México, uno de los países que nos acogió como a sus propios hijos. Cuánto le debo a sus gentes... la vida, ni más ni menos, la vida. Al principio fuimos a Francia, donde me separaron de lo único que tenía, mi familia. Pero luego tuve la fortuna de conocer a una persona que me facilitó mi viaje a México. No sé porqué lo hizo, pero le recordaré siempre.

Una guerra arruinó mis sueños.
Una ideología me condenó al exilio.
Los vencedores firmaron mi sentencia de muerte.
El tiempo no ha borrado mis heridas.
La historia no nos ha hecho justicia.
La gente trata de olvidarnos.
Hay familias que les siguen buscando.

Recuerdo el viaje en tren que nos llevó desde la capital recien invadida a la frontera. Íbamos muchas personas en un espacio muy reducido. En cada vagón podíamos ir cerca de un centenar de personas, pero nadie se quejaba, tan solo un bebé lloraba pidiendo la leche materna de los pechos secos de una mujer que parecía desnutrida desde hacía semanas. Cuando llegamos nos cogieron como si fueramos ganado y uno a uno nos fueron separando en tres grupos. A un lado los hombres, a otro las mujeres y más allá los niños.

Sus rostros entre la multitud.
Los gritos desesperados de las mujeres.
El ruido de los fusiles cargándose.
El vapor del tren llenando los recuerdos.
La mirada asustada de mis compañeros.
Los secretos incofesables.
El olor de una rosa marchita.

Volvería a defender mi bandera una y mil veces ante ellos, pero no entiendo, aún después de tanto tiempo, por qué hicieron aquello ¿no les bastaba con ganar? Querían hacernos pagar, pero ¿por qué? Yo tuve suerte. Un amigo me llamó la misma noche en que entraron en Madrid y nos abrió camino entre la multitud de gente que trataba de salvar la vida. De habernos quedado hubieramos acabado en una fosa común en alguna cuneta de las carreteras que salían de Madrid... Mi mujer ha muerto, pero al menos mi hija, que ya no sabe que soy su padre, sigue con vida. Y yo no puedo más que recordarlas sonriendo antes de que todo esto empezara, cuando pasabamos los domingos en el parque del Retiro, sentados a la sombra de un árbol escuchando a los pájaros cantar, viendo a la gente pasear sin mayores preocupaciones que adónde sus pasos les llevarán. Esas dos sonrisas han hecho de este infierno un destierro más llevadero, pero juro por todo aquello que un día defendí que lo último en lo que piense antes de morir será es esas dos sonrisas puras, no en aquellos por los que las perdí.

Han destrozado miles de vidas, pero no conseguirán hacerse con nuestros sueños.

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