Esta madrugada la lluvia guiaba mis pasos.
Es curioso, porque no caían gotas, al menos no del cielo. Las gotas caían desde mis ojos. Y lo hacían al compás de la música que emanaba de mis pensamientos. Y, para variar, eran arpegios que se rompían al retumbar en mi mente.
No me he cruzado con nadie hoy.
O tal vez sí lo haya hecho, pero no me he sabido fijar. Iba enfrascada en mi debilidad, en mi dolor y esto que se asemeja al pesar. Sentimientos que sólo me hacen hundirme más en mi pozo. La próxima vez que salga echaré una cuerda por la que poder subir.
Me he sentado debajo de un árbol.
Debajo de mi árbol. No me escucha, no me entiende, pero me transmite serenidad. Junto a él las lágrimas me han dejado de ahogar y, ahora sí, en el cielo llovía, pero era una lluvia de estrellas que me ha protegido de los malos pensamientos que me perseguían allá a dónde esta noche fuera. El árbol me abrazó.
Sin a penas darme cuenta ha empezado a aclarar.
El día me ha cogido por sorpresa. El dolor ya no se dejaba notar. Hasta me atrevo a decir que una sonrisa empezaba a hacerse notar con ganas en mis labios, pero no floreció del todo.
Y me fui.
...
He vuelto a ver a mi árbol y a darle las gracias por estar a mi lado. Pero cuando he llegado... Ya no había árbol. Sus hojas ya no eran verdes. Su tronco ya no crecía erguido hacía el infinito del cielo. Sus raices ya no levantaban la tierra con firmeza. Sus ramas no enredaban el viento. Estaba seco.
Mis lágrimas amargas lo han matado.
¿Cuántas vidas más hacen falta para que mi sonrisa vuelva?
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